EXPOSICIÓN COLECTIVA  "Huellas, rastros e itinerarios" Salamanca

Del 31 de mayo de 2019 al 22 de septiembre de 2019

Huellas, Rastros e Itinerarios en las Colecciones DA2 y Fundación Coca-Cola

 

Comisariada por José Gómez Isla.

Los trazos, los rastros, las incisiones, las heridas o las cicatrices (ya sea sobre la materia, el cuerpo o el territorio) pueden ser tanto indicios de una presencia como señales inequívocas de una ausencia: en todo caso, son vestigios –casi arqueológicos– de los gestos que las originaron. Aunque el gesto que produjo una huella ya no se encuentre allí, el rastro que deja nos sigue remitiendo tozudamente a él, invocando con insistencia su origen. El filósofo Vilém Flusser definió ese gesto como un “movimiento del cuerpo, o de un instrumento unido a él, para el que no se da ninguna relación causal satisfactoria”¹. De ahí también su problemática: al aludir a su gesto generador de forma silenciosa, la huella huérfana no nos permite interpretar con certeza la intención con la que fue realizada.

En su Historia natural, Plinio el Viejo atribuye el origen de la pintura a un gesto conmovedor, personificado en la imagen de una doncella corintia contorneando con un carboncillo la sombra de su amado la noche antes de partir a la guerra².

En esta misma línea, Régis Debray afirma que “representar es hacer presente lo ausente. Por lo tanto, no es simplemente evocar sino [también] reemplazar. Como si la imagen estuviera ahí para cubrir una carencia, para aliviar una pena”³. Su misión, en este caso, se centra en salvar el abismo doloroso interpuesto entre la propia imagen-huella y el objeto al que invoca. Las fotografías del álbum familiar, por ejemplo, cumplen magistralmente esa función.

El hecho de que las primeras imágenes del periodo auriñaciense (hace más de 40.000 años) surgiesen en ajuares funerarios o como figuras de culto tampoco es casual ni baladí. También cumplían esa función esencial: satisfacer la necesidad de perpetuar lo efímero, de conjurar la nada. Más que dispositivos culturales perfectamente codificados y capaces de encerrar significados precisos, estas primeras imágenes surgieron como señales, como improntas puras para mitigar el dolor de la pérdida. “Así, pintada o modelada, Imagen es hija de Nostalgia”4;. 

Muchas manifestaciones del arte parietal utilizaban las huellas del cuerpo. Las improntas directas de manos (o sus negativos) sobre el territorio y las paredes de las cuevas se reparten por todo el planeta desde el origen de los tiempos. La trascendencia de todas esas marcas de la Antigüedad prefiguraba ya un deseo de perpetuación y de memoria en nuestro imaginario que continúa hoy absolutamente vigente.

Pero, como argumenta Jean-Marie Schaeffer, toda imagen-huella es señal (sin codificar) antes que signo propiamente dicho.5 Sólo cuando las señales adquieren expectativas de sentido, es decir, cuando configuramos con ellas ideas y contenidos simbólicos más complejos, es cuando conquistan plenamente su condición de imágenes, y cuando podemos comenzar a hablar de ellas como verdaderas obras artísticas.

En consecuencia, el hilo conductor de esta exposición es la huella en su sentido más amplio, ya sea tratada de forma literal, metafórica o simbólica, pero siempre con una intención expresiva manifiesta. Las obras que aquí se presentan, pertenecientes a las colecciones del DA2 y la Fundación Coca-Cola, atestiguan cómo sus creadores abordan esta temática desde planteamientos conceptuales y técnicos muy distintos, ya sea desde la pintura, la escultura, el dibujo, el grabado, la instalación, la fotografía, el vídeo o la performance. Es precisamente esa diversidad la que se ha pretendido recoger, analizar y poner en valor a través de distintas secciones temáticas que componen la presente selección.

En el terreno de las prácticas artísticas, cualquier producción técnica implica, sobre todo, la incorporación de una huella característica: la del estilo personal del autor. La apropiación que cada creador hace de las técnicas artísticas que utiliza le permite forjar un “sello” distintivo, una impronta o un “habla” particular con el que articula propuestas lingüísticas innovadoras, cargadas inevitablemente con sus propias señas de identidad; su poética, en definitiva.

Las marcas –literales o figuradas– que estos artistas imprimen sobre la materia conllevan pues una inequívoca voluntad expresiva. Pero, al inscribir sobre el soporte esos trazos –cargados simbólicamente–, los artistas incorporan en sus obras, no sólo sus propios rasgos estilísticos, sino también un particular e íntimo deseo de trascendencia. Esta es una de las razones capitales por las que el registro de las propias huellas sigue siendo tan importante en cualquier época: a través de ellas hemos tomado conciencia de nosotros mismos, de nuestra identidad –individual y social–, del pasado y del presente y de nuestra razón de ser en el mundo.

No obstante, y al margen de las huellas literales o las marcas de estilo, si ampliamos el espectro a otros territorios del arte actual, hallamos un tipo de huellas más “conceptuales” que entroncan con nuevos imaginarios simbólicos. Un nutrido conjunto de creadores ha producido estas otras “huellas figuradas” para construir textos alegóricos en torno a los cuales reflexionar, en tanto que recorrido, tránsito, ritual de paso, surco, cicatriz, herida, síntoma, estigma social o índex. Distanciándose ahora de cualquier marca ostensible sobre el soporte artístico, o incluso de cualquier rasgo estilístico abiertamente expresionista, estas obras pasan por utilizar la representación de la huella como recurso metafórico y, por tanto, funcionan como “huella de otra huella”. Ejemplos paradigmáticos son la fotografía o el vídeo, en tanto que registros (huellas de luz y de tiempo) que contienen a su vez otras improntas a las que aluden. Prefiguran así nuevas señales, nuevos signos para invocar otros territorios y relatos situados una vez más fuera del espacio físico de la representación.

La selección de obras presentes en esta exposición ejemplifica buena parte de las preocupaciones sobre los recorridos, los itinerarios o los rastros que estas huellas han ido produciendo en el espacio discursivo del arte actual.

La muestra se divide esencialmente en tres secciones temáticas:

La primera sección (Sala 2) se centra en un tipo de huella psíquica más que física, mediante el relato de experiencias que marcan inevitablemente nuestra relación con los demás. Las obras ponen en evidencia todas estas huellas invisibles mediante metáforas o relatos simbólicos que abordan toda suerte de problemáticas sociales o individuales. Nos hablan de estigmas y cicatrices de carácter ideológico y/o psicológico, es decir, de “etiquetas” y sambenitos con los que, o bien cargamos nosotros a cuestas, o bien prejuzgamos al otro en función del género, la creencia, la raza, la orientación sexual, el rasgo de identidad o el trauma personal que cada uno arrastre.

La segunda sección (Sala 3) se ocupa de los rastros y vestigios que produce el ser humano sobre el territorio que habita. Tanto en la arquitectura como en el paisaje, el hombre siempre ha dejado su impronta característica como especie dominante y como agente transformador del entorno, creando así itinerarios y recorridos artificiales que muchas veces se entrecruzan entre lo físico y lo social. En consecuencia, estas obras plantean reflexiones, inquietudes o puntos de vista inéditos –y también críticos– desde los que repensar el espacio que habitamos y que, a su vez, también nos construye y nos transforma a nosotros.

Por último, la tercera sección (Sala 4) aborda propuestas donde el protagonista absoluto es el carácter sígnico-gestual del propio proceso creativo, capaz de generar un corpus casi infinito de huellas físicas sobre diferentes soportes y materiales. Este tipo de tratamiento resulta especialmente elocuente en las artes plásticas tradicionales –pintura, dibujo, grabado o escultura–, donde el carácter manual de sus herramientas permite trabajar la materia mediante un sinfín de trazos, surcos, cortes, erosiones, hendiduras, rayaduras, frotados, arrastrados, rasgados, encolados, estampados, montajes y/o superposiciones. Las obras aquí representadas toman conciencia de sí mismas en tanto que propuestas metalingüísticas, es decir, que se manifiestan como Arte puro hablando de sí mismo.

1. Flusser, Vilém (1991): Los gestos. Fenomenología y comunicación, Barcelona: Herder, 1994, p. 8. 

2. Cfr. Plinio el Viejo: Naturalis historia, libro XXXV, 15. 

3. Debray, Régis (1992): Vida y muerte de la imagen. Historia de la mirada en Occidente, Barcelona: Paidós, 1994, p. 34.

4. Ibídem.

5. Cfr. Schaeffer, Jean-Marie (1987): La imagen precaria. Del dispositivo fotográfico, Madrid: Cátedra, 1990.

Con la colaboración de:
 

 

 

© 2018 Lucía Vallejo